Los místicos han experimentado la desolación de Dios ausente; del ser esenciados por la divinidad al despojo, va el camino que la poética mística cristiana ha procurado decir en la imagen de la Novia y el Amante del Cantar de los Cantares.
Pero en la ausencia de Dios, Dios no se niega, se guarda en su santidad, de aquí, por tanto, el padecimiento: Dios no es hacienda de los hombres. Nosotros los hombres podemos interpretar nuestro acontecer en el mundo desde diversos planos que nos permitan situar y localizar el sentido de eso que nos pasa. Un cristiano, evidentemente, lo hace desde su relación con Dios.
Cristo crucificado, la divinidad escondida y el grito último de la agonía "¿Por qué me has abandonado?" Tal vez, Dios estaba en la cruz de manera tan gloriosa, que el rebajamiento de Jesús sólo tenía ese último ¿reclamo? Dios nos despoja, Dios nos anonada, y en ello no se puede hablar de ausencia, sino de esa presencia que lanza un rayo de angustia... es preciso hacernos pobres para volvernos herederos.
Hemos sido engreídos y no hemos dejado que Dios se adueñe de nosotros ¿cómo puede un ciervo ser altivo? Tiene que ser arrojado hasta su nada, hasta su aniquilación y hasta su abismo, para que clame por la divinidad. "Señor, no me abandones; hiéreme, fustígame; dame la cruz del abismo y de mi nada; dame la copa amarga de la soledad, pero guárdame".
Quienes no han sentido la presencia reticente de Dios, quienes no han sentido el "NO" de la absoluta negación, no han estado cerca de Dios, pero demorando su señorío. Es que Dios vela el sentido proyectivo del futuro para retornarnos a la nada de nuestro comienzo, entonces calla el presente: deshacimiento.
De profundis clamavi ad te, Domine.
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